Una pequeña cantidad antes y en el primer trimestre del embarazo sería suficiente para provocar alteraciones en el embrión

Como podrá suponerse, se han efectuado infinidad de investigaciones -tanto en animales como en seres humanos- sobre los efectos del alcohol en el organismo. En particular, son muy numerosos los estudios que hacen foco en las consecuencias de su ingesta durante la gestación.Sin embargo, la gran mayoría de estos trabajos analiza las secuelas provocadas por una dosis aguda de esta sustancia o, si no, por su consumo crónico a lo largo de toda la preñez.Ahora, un equipo interdisciplinario de científicos argentinos decidió evaluar qué sucede cuando la madre toma alcohol en pequeñas cantidades, y solamente durante el período perigestacional, es decir, desde pocos días antes de la fecundación hasta que el embrión inicia el desarrollo de los órganos.Como, lógicamente, estas pruebas no pueden efectuarse directamente en seres humanos, para estos experimentos se usan ratones. “El ratón es universalmente utilizado para estos estudios porque tiene homología con el desarrollo embrionario y placentario humano”, señala la doctora Elisa Cebral, investigadora en el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias del Conicet, y en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN) de la UBA.Los resultados de estos trabajos, que dieron lugar a varias publicaciones científicas, muestran que cuando las hembras ingieren alcohol -sólo durante el período perigestacional y en una concentración equivalente a la que tiene el vino-, se producen alteraciones en la madre y en el embrión.”Se observa una menor vascularización de la placenta, retraso en el crecimiento del embrión y una elevada frecuencia de embriones anormales, con anomalías en la formación del sistema nervioso central. Incluso, nosotros encontramos anomalías óseas, tanto en la formación del cráneo como de las extremidades”, revela Cebral.”Pero lo más novedoso -añade- es que, cuando las hembras dejan de beber alcohol a los pocos días de iniciada la preñez, igualmente esas alteraciones aparecen en el feto. Esto habla de que el daño producido es temprano e irreversible, lo que no se había descripto antes porque lo que se suele hacer en este campo de estudio es exponer a las hembras al alcohol durante todo el tiempo de gestación y, después, ver los efectos en las crías.”Ahora, un nuevo trabajo del grupo, que acaba de ser aceptado para su publicación en la revista científica Cell Biology and Toxicology , encara otro aspecto novedoso de los efectos del alcohol durante el período perigestacional: su probable genotoxicidad, es decir, si provoca algún daño en el ADN. “Encontramos que la ingesta de alcohol durante un período breve -desde 17 días antes de la concepción hasta diez días después- provoca un aumento en la frecuencia de micronúcleos en las células de médula ósea de las hembras preñadas y, también, de las no preñadas, lo que podría estar revelando roturas en el ADN o un retardo en la migración de los cromosomas durante la división celular. Esto último podría dar lugar a aneuploidías, es decir, a células con un número anormal de cromosomas”, informa la doctora Marta Mudry, investigadora del Conicet en el Departamento de Ecología, Genética y Evolución de la FCEyN. “Además, encontramos que esos 27 días de alcohol provocan alteraciones morfológicas de los óvulos y de los espermatozoides”, completa.Las investigadoras insisten en aclarar que se trata de un estudio en ratones y que, por lo tanto, estos resultados no deben extrapolarse a lo que podría ocurrir en el organismo humano. No obstante, a la hora de hacer analogías, aceptan que se trata de un modelo que reflejaría los efectos de un “alcoholismo social” (algo así como dos a tres copas de vino diarias) por un lapso que va desde varias semanas antes de la concepción hasta el final del primer trimestre del embarazo.En cualquier caso, Mudry advierte que los estudios de genotoxicidad reflejan los efectos en el ADN de la exposición a sustancias, “que generalmente pasa inadvertida porque forma parte de nuestros hábitos diarios”.Ambas investigadoras advierten: “El nuestro es un modelo «limpio», porque sólo exponemos a los animales al alcohol. Es decir, estos ratones no padecieron desnutrición, ni utilizaron fármacos, ni estuvieron expuestos a fármacos, a contaminantes del ambiente u otros factores a los que los humanos sí estamos expuestos. Por lo tanto, si quisiéramos hacer el ejercicio de comparar, es probable que nuestro riesgo sea aún mayor”.

 

Centro de Divulgación Científica de la Facultad de Ciencias Exactas, UBA

Gabriel Stekolschik Para LA NACION